De manera innecesaria México toma parte en el diferendo que sostiene la administración Trump con Corea del Norte, o al menos intenta hacerlo, desde el ala diplomática.
Así lo demuestra la determinación de declarar non grato al embajador de ese país en México.
La acción determina el paso de las acciones enunciativa de carácter diplomático, a los hechos, donde el siguiente paso es la ruptura de relaciones.
Es claro que desde hace años la conducción diplomacia mexicana que durante décadas se rigió por la Doctrina Estrada bajo el concepto de la no intervención y el respeto a la autodeterminación de los pueblos, quedó superada.
Pero de ahí a tomar una decisión que bien o mal nos puede colocar como adversarios de Corea del Norte sin los elementos de defensa o el armamento que posee la administración Trump, hay una enorme distancia.
Evidentemente, los asesores tanto de la Cancillería como del ciudadano presidente parecen no haber meditado adecuadamente el tema. El apoyo que puede representar la medida adoptada por México, para la administración Trump es innecesario.
Difícilmente el inquilino de la Casa Blanca nos lo agradecerá o a partir de esa decisión modificará sus acciones con México.
La confrontación verbal, tamizada con ensayos bélicos y estrategias de combate que sostienen Estados Unidos y Corea del Norte, es un tema de interés colectivo, pero su solución depende solo de ellos.
No hay duda, como advierte la Cancillería, la actividad nuclear de Corea del Norte es un grave riesgo para la paz y la seguridad internacional, y representa una amenaza creciente para las naciones de la región, incluyendo a aliados fundamentales de México como son Japón y Corea del Sur.
Sin embargo, hay que considerar que existen instancias internacionales como la ONU y su Consejo de Seguridad que, en todo caso, son las que deberían intervenir de manera directa para tratar de evitar una confrontación bélica, y no buscar intervenir como lo hicieron nuestros gobernantes para intentar jugar un rol que no nos corresponde.
Ante esta situación, no debe sorprendernos que voces como la de Nicolás Maduro, señalen que él nuestro es un gobierno al servicio de la administración Trump.
Ahora que, a la luz de esta determinación, habría que revisar experiencias pasadas y cuestionarnos porque no se ha declarado persona non grata a otros embajadores, a partir de la conducta bélica o injerencista de los gobiernos que representan.