Imagen: periodicoeldia.mx

(David Brooks, corresponsal de La Jornada). Trump, cuyo padre racista de origen alemán se dedicó a los bienes raíces en Nueva York (denunciado por un inquilino, el famoso cantautor Woody Guthrie, inspirador de Bob Dylan, Bruce Springsteen y Billy Bragg, entre tantos otros), quien vivió un tiempo en uno de sus varios edificios) le heredó la fortuna a su hijo Donald, a partir de la cual construyó un imperio de edificios, casinos, hoteles y campos de golf que hoy día llevan su apellido de manera ostentosa.
Desde joven, Trump fue en parte capacitado por algunas de las figuras clave en una de las eras más represivas de este país, el macartismo. Roy Cohn, el famoso abogado golpeador al servicio del senador Joseph McCarthy (también representaba a una de las familias de la mafia en Estados Unidos), fue contratado por los Trump para defenderlos ante una demanda del gobierno federal por prácticas de discriminación racial en sus propiedades para vivienda (perdieron), Cohn se volvió cuate de Donald Trump y eventualmente fue quien lo presentó con quien a la postre se convirtió en su jefe de campaña por unos meses, Paul Manafort.
Destacado cabildero y estratega de algunas de las figuras mundiales más cuestionadas en tiempos recientes. La lista de los clientes del despacho de Manafort incluye al dictador filipino Ferdinand Marcos; el líder contrarrevolucionario y mercenario JonásSavimbi, de Angola; el dictador Mobutu SeseSeko, del Congo, junto con sus pares en Nigeria, Kenia, Somalia, Perú y RepúblicaDominicana. Sus afanes lograron, por ejemplo, que el Congreso de Estados Unidos enviara millones de dólares en fondos encubiertos para la lucha contra el gobierno de Angola y sus aliados cubanos. Sus socios de negocios incluyen oligarcas, reconocidos traficantes de influencias y también de armas, agentes de servicios de inteligencia de varios países (incluyendo Pakistán), además de gente ligada al crimen organizado en varias partes del mundo.
Se especializaba en limpiar en Estados Unidos la imagen de dictadores, presentándolos como aliados heroicos de Washington contra las fuerzas del mal en el mundo, o esa gran frase luchadores por la libertad (freedomfighters). Su ex socio Roger Stone –quien continúa siendo hoy día asesor externo y defensor de Trump– comentó abiertamente que el negocio que dirigieron juntos fue enlistar a la mayoría de los dictadores del mundo que podíamos encontrar para prometerles una nueva imagen, así como acceso al poder político y económico de Washington.
Donald Trump fue uno de los clientes del negocio establecido por Manafort y Stone (junto con Charles Black, quien lanzó la carrera política de Jesse Helms) –los contrató para destruir la competencia potencial en su negocio de casinos en Atlantic City, sobre todo los intereses indígenas. La estrategia diseñada por el despacho fue para criminalizar la imagen de las tribus. Pero Manafort no aguantó a su ex cliente y abandonó la campaña por la presidencia, lo que, por otro lado, se aceleró cuando surgieron crecientes sospechas sobre los negocios de Manafort con intereses ligados a los rusos.
Pero el elenco alrededor era parte de la cúpula conservadora tradicional, ya que, de hecho, Trump no tiene una historia como ultraderechista –sus contrincantes republicanos en la campaña lo acusaban de ser un liberal disfrazado de conservador. Sin embargo, estaba dispuesto a usar a ese sector para sus fines electorales. Entendió, o por lo menos así lo hicieron sus estrategas, como Steve Bannon, que se encontraban en una coyuntura donde su talento populista –de presentarse como algo real en el reality show de la política electoral estadunidense– captó una creciente ola de repudio contra la cúpulapolítica de este país, que se ha generado durante más de 30 años de políticas neoliberales.

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