El bombardeo de mensajes que buscan convencer a la colectividad de la importancia de los logros alcanzados por la administración del presidente comenzó, y como ciudadanos no tenemos más opción que cambiar de sintonía o recibirlos.
Ese es un derecho que aún pueden ejercer todos aquellos que no están de acuerdo con ese tipo de estrategias, o bien quienes han visto afectada su calidad de vida como consecuencia de la conducción nacional, ya sea en el plano económico, el laboral, la seguridad o la salud.
A simple vista, resulta más que obvio que el ciudadano presidente, su círculo cercano y sus estrategas, no sólo buscan transmitir un mensaje de avances a la colectividad, en paralelo se preparan para dar inicio a los últimos meses de su gestión y tratar de establecer un panorama que favorezca en el corto plazo al candidato priísta que participará en la elección de 2018, en la que la atención máxima se centrará en la contiende por la titularidad del Poder Ejecutivo.
De ahí que el bombardeo parezca más que necesario y urgente. Es preciso tratar de establecer avances en todos los frentes, aunque no se hable de la población que vive en situación de pobreza o pobreza extrema, del comportamiento de las reservas internacionales o el ligero, pero sostenido crecimiento real de la inflación.
En los mensajes grabados, en escenarios cuidadosamente elegidos por los estrategas presidenciales, el ciudadano promedio no tuvo cabida.
Más allá de la legalidad de la difusión de los mensajes que han cuestionado en el plano normativo Morena y el PRD, lo evidente es que una parte sustancial de la sociedad, aunque los ve con normalidad, con esa misma actitud no les presta la atención debida, porque perciben que no corresponden a la realidad que vive en su entorno cotidiano.
En el fondo los spots presidenciales quedan como un ejercicio que pone en evidencia la necesidad de revisar, desde todos los ángulos posibles, la necesidad de ejercicios de este tipo que bien podrían sustituirse con una consulta popular sobre el nivel de aceptación o validación de las acciones del gobierno en turno.
Porque por desgracia, las expresiones cuidadas bajo guión que expresan los interlocutores presidenciales, pueden distar mucho de las que podría tener un ciudadano común, que con el paso de los años ha visto mermada su calidad de vida, a pesar de la entrada en vigor de las reformas estructurales cuyos beneficios por más que se pregone no alcanzan a reflejarse en su bolsillo, ni en el bienestar de su familia.
En tanto, “haíga sido como haíga sido”, a soportar el bombardeo o a ejercer el derecho de no padecerlos, no hay otra alternativa, aunque hay que reconocer que como sociedad desde hace años ganamos, cuando el 1 de septiembre dejó de ser considerado como el día del ciudadano presidente, y se dejó de transmitir la ceremonia en la que frente al Legislativo, rendía el informe del estado que guarda la administración pública.
En esos años, como ahora, la población prestaba poca o nula atención a un ejercicio que consideraba vacuo por percibir que estaba alejado de su entorno real.
Por todo ello, podemos concluir que hemos evolucionado como sociedad, pero el entorno de nuestros gobernantes, aunque en apariencia ha variado, permanece estático.

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