Imagen: La Razón

El Diario La Razón publica este jueves la puntual crónica periodística sobre la grosera y petulante asistencia del presidente estadounidense, Donald Trump, al homenaje póstumo al ex mandatario George HW Bush. El multimillonario entró a la Catedral Nacional de Washington con sus clásicos aires de todopoderoso, a quienes todos le deben rendir. Olvida que no es eterno y que difícilmente cuando parta de este mundo, será objeto de tributos. Enseguida, el texto.
Lo hizo sólo por ser presidente. El protocolo llevó a Donald Trump a acudir al tributo al exmandatario George HW Bush, en la Catedral Nacional de Washington, donde tuvo que encontrarse con sus antecesores.
La prensa estadounidense destacó cómo el magnate se paró como un forastero en medio de gestos que dejaron ver las intensas diferencias entre el actual inquilino de la Casa Blanca y quienes lo antecedieron, sobre todo Hillary Clinton, su rival política, a quien derrotó en la carrera presidencial de 2016 y a quien llegó a amenazar con investigar su “deshonestidad”.
El funeral de Estado, ayer, fue planeado con mucho cuidado para enfocarse en un solo personaje: Bush padre, “el amigo, héroe de guerra y servidor público de toda la vida”. Pero, inevitablemente, también se trató de Trump, pues fue imposible rendir homenaje sin establecer contrastes implícitos con su gobierno.
“Su código de vida era: ‘Decir la verdad. No culpar a nadie. Ser fuerte. Hacer el mejor esfuerzo. Tratar duro, perdonar. Mantener el rumbo’”, dijo el biógrafo de Bush, Jon Meacham, en su discurso de homenaje. “Y eso fue, el más estadounidense de los credos”.
Como ocurrió en el funeral del senador republicano John McCaine, en septiembre pasado, los familiares no expresaron de manera abierta su descontento con el magnate; pero las palabras dichas en el atril sirvieron para subrayar la naturaleza singular de la presidencia de Trump.
Cuando Trump y su esposa Melania entraron a la catedral, la tensión se hizo sentir en los asientos de los dignatarios y líderes extranjeros, pasados y presentes.
El magnate se sentó junto al “ilegítimo” (Barack Obama); junto a la exprimera dama a la que criticó por despilfarrar dólares de los contribuyentes (Michelle Obama); luego estaba el presidente al que llamó abusador de mujeres (Bill Clinton); luego la exsecretaria de Estado, de quien, dijo, debería estar en la cárcel (Hillary Clinton).
Los Trump y los Obama se saludaron con brusquedad, pero sólo Melania se acercó para dar la mano a Bill Clinton. Hillary Clinton no volteó, mantuvo la mirada al frente, decidida a no hacer contacto visual con el actual presidente
La frialdad entre Trump con sus predecesores fue más evidente cuando el expresidente Bush estrechó la mano a cada uno de los presidentes y primeras damas.
Era el presidente Trump quien parecía más fuera de lugar. Durante aproximadamente dos horas, permaneció sentado en silencio, el raro evento en el que el presidente no era el centro de atención, sino simplemente un observador.

Fuente: Agencias, La Razón

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